Victoria Onetto











“MamÁ, enamorada, bailarina… Hoy me siento la Mujer Maravilla”

Entrevista a Victoria Onetto, Silvina Bosco y Laura Azcurra Protagonizan “Postparto”, Una obra que habla de eso que sucede apenas después de salir de una sala de partos. Las jóvenes intérpretes, madres las tres, hablan de prejuicios, hormonas, relaciones, conciliaciones y del arte de ser mamá.
Por Leni González Especial Para Clarín


Ver nota entera

Me encuentro sobrepasada. Sobrepasada y feliz”, subraya, acelerada y engripada, el despejado y fresco domingo a las 16:34 en el estudio de Editorial Atlántida. Y detalla, a manera de telegrama: “Me levanté a las 7 A.M. para preparar la mamadera. Luego salí a ensayar la coreografía de Bailando por un sueño 4, ya que mañana estamos sentenciados por tercera vez y con Adrián Sánchez y la Colo (Silvina Barañao, coreógrafa) nos venimos preparando duro para zafar y avanzar. Acto seguido, voté… y no me preguntes a quién. Recién me entregué a la cámara del fotógrafo de GENTE. Tras la nota, me esperan un par de cosas importantes… En serio, me encuentro sobrepasada. Sobrepasada y feliz”, respira.



–¿Y en qué momentos se permite aterrizar?
–Bajo mis cuatro paredes. Ahí me transformo en una antidiva. Si antes de convertirme en madre andaba en bata y plataformas, ahora ando vomitada de la cabeza a los pies.

Lanza una carcajada ante su propia ocurrencia Victoria, que se llama así porque cuando su madre (Valentina Onetto, hoy de 60) la cargaba en el vientre, su padre (Manuel Belloni, entonces de 23) moría en medio de una situación política que la entrevistada prefiere soslayar. La misma Victoria que nació en el sanatorio Otamendi-Miroli un 26 de junio “de equis temporada del siglo XX” –evade–; que reconoce dos señas particulares (un tribal tatuado al final de su espalda y un lunar, ubicado arriba del ombligo); que disfruta citando los nombres de sus hermanos María (38) y Natacha (37); que atesora dos décadas de carrera, alrededor de veinte novelas grabadas, cinco obras de teatro y siete películas, y la misma Victoria que –y aquí la novedad capaz de robarle el noventa por ciento de cada frase, sonrisa y anécdota desde el 23 de octubre de 2006 a la fecha– no puede dejar de hablar de Eva.

–Nombre pequeño pero potente el de su hija...
–Seguro. Nos gustó el contraste del apellido de mi marido (Juan Blas Caballero, 36, productor musical, además padre de Fermín, de 12), y lo elegimos. Ergo, queda Eva Caballero Onetto. ¿Fuerte, no? Dos meses antes de este embarazo habíamos perdido otro de noventa días. No hablaría de revancha, sino de una alegría que nos hizo superar una tristeza. Nuestra existencia brilla desde que llegó Eva. Se nos caen las lágrimas de la emoción.

–Su físico, le confirmamos, refleja semejante luz.
–Gracias. Y mirá que subí 23 kilos… Salté a 77. Claro, yo pensaba que me iba a suceder lo que a Dolores Barreiro, que engordaba un cachito y chau. Ocurre que las Dolores Barreiro no abundan. Por fortuna, mi genética ayuda. Dejé 12 kilos en la sala de partos y el resto, hasta pisar 53, en los entrenamientos de ShowMatch. ¡No puedo creer haber aprendido a moverme de la manera que aprendí! Nunca lo imaginé. También… Me mato. Ensayo cuatro horas diarias y no me entrego jamás. Lógico, el desgaste se nota en el cuerpo. Ahora me alimento como un varón y me mantengo igual.

–Aunque convengamos que, precisamente, no se parece demasiado a un varón, Onetto. ¿En qué medidas anclaron sus contornos?
–90-60-90. Volvió la sex symbol.

–¿Palabras de su marido?
–Mías. La Victoria que Juan conoció todavía se muestra medio reticente. Hay reclamos lógicos.

–Aquellos que saben, sostienen que la maternidad aplaca los instintos. ¿No se equivocan, entonces?
–Tremendo… Hormonalmente requiere un tiempito. Sin embargo, con la maternidad me siento más sexy. Lo mismo le genera a cualquier hombre: lo ratonea más una chica que llevó un cachorro adentro que una que sólo luce una linda cola.

–Disculpe, pero la suya…
–Sí, también está linda (carcajada). Mi mejor atributo es la piel. Blanquita, de durazno. La heredé de mi abuela (Liliana Massaferro, legendaria intérprete que trabajó bajo el seudónimo de Lili Gacel). Ni una estría me apareció después de parir.

–Mencionó lo mejor. ¿Y lo peor de su… perdón, cuánto mide?
–Uno sesenta y seis, 1,76 subida a los tacos. La gente se asombra al verme fuera de la pantalla. Me suponen enorme.

–¿Lo peor de su 1,66 trepado a 1,76?
–Poné que un par de dientes inferiores torcidos. Pronto voy a arreglármelos. Lo que en realidad me atrae poco de mí, me lo guardo bajo llave.

–¿Qué otros secretos guarda bajo llave?
–Hmmm… No sé si secretos. Digamos que cuido algunos aspectos importantes. Mi hogar es mi templo, mi refugio. Compartimos un montón de tiempo adentro. Juan cocina sushi, asados. Yo mantengo el orden, lavo la ropita de la beba con Vívere, “chuavechito”. Le jugamos, le cambiamos los pañales, alquilamos películas, invitamos amigos. Admito que en lo personal ansiaba formar una familia. He tenido escasas relaciones, y largas. Durante octubre Juan y yo cumpliremos el cuarto aniversario juntos. Me saqué la grande. No descartamos firmar la libreta matrimonial. Acabamos de comprar una casita en Florida, a la que pronto nos mudaremos. Enamorada, mamá de Eva, bailarina en ShowMatch… Hoy me siento la Mujer Maravilla. Claro que aún me resta rodar bastantes capítulos.

–¿Por ejemplo, Victoria? Y recuerde que debemos cerrar la nota a pleno.
–Okay. He encarnado variadísimos roles. Los últimos tres, de loser, lesbiana, mafiosa. Me animo a cualquier papel. Por algo estudié teatro con Beatriz Mattar, Cristina Banegas, Augusto Fernandes, Alberto Ure, Ricardo Bartís, Agustín Alezzo y Joy Morris. Escuché que Coppola (Francis Ford, el director de El Padrino) anda buscando, para Tetro, el largometraje que desea filmar acá, a una argentina medio italiana que sepa actuar y danzar. Así que, si hay casting, me presento a full.

–¿Nada menos?
–Nada menos. ¿Te comenté que me siento la Mujer Maravilla?